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De Víctima a Responsable de tu Vida

Por: Estibaliz Soriano Portilla

Habitualmente, escuchamos decir a la gente que nos rodea, sobre todo, tras un mal día en el trabajo, en la escuela o en cualquier otra circunstancia cotidiana, frases como «me hicieron sentir tan mal…», «me vuelven loco…» o «mi jefe me saca de mis casillas…» ¿Te suena? Sí, estas son frases muy habituales, casi cotidianas para algunas personas. Lo más curioso de todo, es que es algo que se repite a lo largo y ancho de nuestro planeta, da igual la raza, la religión o simplemente el país en el que nos encontremos, porque siempre vamos a escuchar en boca de muchos, este tipo de mensaje, mensaje en el que se deja ver, que los demás son los culpables de nuestros sentimientos.
La culpa, puede ir dirigida al exterior, con el objeto de castigar al otro por lo que ha hecho, o hacia el interior de uno mismo, en cuyo caso, estamos hablando de sentirnos con culpa por algo que creemos haber hecho mal. La conciencia de culpa, eso que los creyentes llaman pecado, es en muchos casos inconsciente; se podría decir de la culpa que es una “enfermedad silenciosa” del psiquismo, ya que puede afectar al sujeto, sin que él la perciba o tenga noticias de ella. La culpa es estática, paraliza, nos bloquea e impide que modifiquemos nuestro actuar. Por contra, la responsabilidad es dinámica, nos ayuda a buscar objetivos, nos ayuda a plantearnos qué podemos cambiar en nuestro comportamiento, para actuar de otra manera. Esta es la diferencia, esta es la clave de transitar por la vida como víctimas, o como personas activas que buscan cómo conseguir lo que quieren para su vida.

Enfoque exterior, origen del sufrimiento

Cuando dirigimos el enfoque de nuestra vida hacia el exterior, cuando estamos continuamente preocupados de lo que hace ese compañero del trabajo, que tanto nos molesta; ese vecino, que creemos que está enfadado con nosotros por no sé qué cosa; ese amigo, que siempre se las da de listo, etc., lo único que en realidad estamos haciendo, es dejando la responsabilidad de lo que está ocurriendo a todos y cada uno de ellos, les estamos “dando el poder” de que manejen a su antojo nuestros pensamientos, por tanto nuestras emociones y como resultado nuestra vida…¿no les parece incoherente?
En este proceder, nos desconectamos por completo de nuestro centro de gravedad interior, nos descompensamos, sentimos que hay una injusticia muy grande en todo lo que nos rodea. Damos algo y esperamos que se nos retribuya, según nuestros parámetros. Damos amor a una pareja o a un hijo, y esperamos amor de vuelta en las mismas proporciones. Damos cariño y apoyo a un amigo que lo está pasando mal, en un momento complicado para él y el día que nosotros estamos mal, nos ponemos aún más tristes porque ese amigo no respondió según lo que nosotros esperábamos.

Esto es por una sencilla razón, actuamos desde la necesidad, desde la carencia. En realidad, no tenemos amor ni cariño, en cantidad suficiente dentro de nosotros y estamos dando un poquito, una carnada, para que los otros nos llenen de vuelta, con el amor que necesitamos. Estoy esperando que los demás me amen, me den cariño, me apoyen y me reconozcan, porque no soy capaz de amarme, darme cariño, apoyarme ni reconocerme yo en primer lugar.

Por eso es que estamos continuamente buscando todo eso afuera, para cubrir las necesidades internas que creemos tener. Esto genera un gasto energético increíble, nos desgasta y frustra, porque no se cubren nuestras expectativas.

La paz viene del interior, no la busques afuera

Lo más importante de todo, es que comprendas que atraemos con nuestra mente situaciones, personas, circunstancias, etc, que están en la misma vibración que nuestros pensamientos. Si continuamente, estamos pensando en que todo nos va mal y que apesta en nuestra vida o que nosotros no valemos lo suficiente, eso es precisamente lo único que vamos a atraer. Hasta el momento en el que comprendamos el aprendizaje que lleva inserto, cada una de estas vivencias, se nos repetirán una y otra vez. Ejemplos de esto podemos ver muchos: mujeres a las que siempre se les acercan el mismo tipo de hombres para compartir su vida y con los que sufren un verdadero infierno, personas que siempre les acaban echando del trabajo y no saben por qué, otros que siempre tienen mala suerte con el dinero o los negocios…

Nos conviene, encontrar la razón por la cual se nos están presentando estas circunstancias y extrapolarnos de la circunstancia en sí. Debemos cambiar la pregunta ¿por qué a mí? por ¿para qué a mí? Cada vez que nos preguntemos esto, ante un hecho concreto que nos esté haciendo sufrir en primera instancia, estaremos agarrando las riendas de nuestra vida, analizando el hecho, aprendiendo algo de la situación y haciéndonos un poquito más fuertes interiormente. Estaremos viéndolo desde nuestro centro, siendo conscientes de que podemos tener un papel principal en nuestra vida, siendo capaces de movernos, de salir del agujero.

Si vamos llenando nuestra bolsita interior, con cada uno de estos aprendizajes que concluyamos, de las experiencias que nos presenta el universo, nos iremos haciendo cada vez más fuertes, cada vez estaremos más seguros de nosotros mismos, cada vez nos sentiremos más plenos. Poquito a poco dejaremos de lado las expectativas hacia el actuar ajeno y, por tanto, dejaremos de sufrir. Sólo entonces daremos sin esperar nada a cambio, ya que no necesitaremos nada, estaremos plenos.

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